domingo, 10 de junio de 2012

Crítica de Elefante Blanco


Otra vez de la mano de Ricardo Darín, como en su anterior éxito Carancho (2010), Pablo Trapero logra, a través de su nueva película Elefante Blanco estrenada el 17 de mayo, llevar a la pantalla grande la realidad sociopolítica y económica de nuestro país para retratarla y denunciarla con honestidad. En este caso, se trata de la historia de dos curas tercermundistas, Julián (Darín) y Nicolás (Jérémie Renier), que militan en la villa Ciudad Oculta y deben afrontar la marginalidad, la violencia y el narcotráfico.

La historia, además, transcurre dentro de la villa miseria y alrededor del esqueleto de un hospital empezado a construir en la década del 30 pero nunca terminado, lo cual es un gran acierto del director ya que agrega a todo el dramatismo presente en la obra la indiferencia de los gobiernos que sucesivamente hicieron oídos sordos a los reclamos de los vecinos y dejaron en pie la construcción como símbolo de la negligencia estatal. "Elefante Blanco", nombre del film, es como se lo conoce hoy al edificio.


La vista del Elefante Blanco en Ciudad Oculta

El cura Julián, en una de las primeras escenas, le explica a su par Nicolás, de quien pretende que se haga cargo de la capilla cuando él ya no esté, que en el gobierno de Perón la obra se retomó pero también fue parada: "Iba a ser el mejor hospital de Latinoamérica y terminó siendo esto, un hogar para familias sin techo".

La otra protagonista de la película es Luciana (Martina Gusmán), una asistente social que dedica su vida a resolver -mejor dicho, a intenter resolver- los problemas de los vecinos, con éxito a veces, aunque muchas veces sin él. En suma, el film retrata, junto al trabajo de los curas y las misas en la villa, las contradicciones y los dilemas de quienes por convicción dan la vida por el barrio pero también de los vecinos que están presos de una vulnerabilidad y una situación de exclusión que es, por momentos, extrema.

Las drogas, la guerra entre bandas por el monopolio del narcotráfico, el desinterés de los políticos, los choques con la policía, los adolescentes como víctimas de toda esta violencia social, son algunas de las aristas de la obra.

Brillante en las distintas ambientaciones -el film fue rodado tanto en la Villa 31 de Retiro como en la Villa 15 de Villa Lugano-, la obra cuenta además con la participación de los vecinos de estos mismos lugares. En una de las escenas más fuertes, aunque estas no falten, es cierto, son los vecinos quienes chocan con la policía que es finalmente el único momento de intervención estatal: la represión.

Una de las primeras escenas es representativa de lo que consigue Trapero; al comienzo, cuando en una noche en la Villa se escuchan estruendos y el espectador de clase media se comienza a imaginar disparos, la imagen de chicos jugando con petardos es significativa. Es que la película, y en esto radica su éxito, logra explotar los prejuicios y estereotipos de una ciudad que decide no ver.



Otras críticas:


1 comentario:

  1. Buena crítica, desde mi punto de vista diré que es una historia central que invita a la reflexión y al debate, y con diferentes relatos paralelos que, sin ser del todo atrapantes, acompañan correctamente la cruda y muy interesante narración principal. Además la pude ver en hbogo filmes y he quedado encantada por ser una gran propuesta en muchos aspectos.

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